La cuarta opción

I

Perdona que te contradiga, doctor. Ya sé que, haciéndolo, estoy invadiendo tu terreno profesional pero, aún admitiendo que es posible encontrar casos como los que has mencionado, opino que, no debe inferirse una regla general.

Tampoco sería científico afirmar, porque entre ciertos hermanos no nacidos en el mismo parto se dé idéntica unidad de pensamiento, intención y sensaciones -que tu atribuyes en exclusiva a los gemelos- que la hermandad produzca indefectiblemente los mismos efectos.

Para demostrar la veracidad de lo que sostengo, te contaré lo sucedido no hace mucho aquí mismo, en Gijón, a pocos kilómetros del Piles. Escucha, y luego me dirán si tengo o no razón al afirmar que en algunas parejas de gemelos la existencia se desarrolla de manera absolutamente independiente, y cada uno de los miembros del dúo actúa por libre, en plan solista.

II

Cuando Baltasar regresó de Argentina, realizó un rápido balance de la situación que le permitió conocer con exactitud cuál era su posición personal y económica, así como lo que, presuntamente, habría de depararle la vida a partir de entonces.

Poseía una inmensa fortuna, setenta años cumplidos y dos sobrinos gemelos a quienes ni siquiera conocía de vista. A pesar de ello, dos parientes -hijos de su único hermano fallecido tiempo atrás- aunque desconocidos, eran mejor que nada. Aquellos muchachos, para él lo eran pues aún no habían alcanzado la treintena, se ocuparían de aliviar la tristeza de su solitaria vejez.

El indiano adquirió una hermosa finca en las afueras de Gijón, en el lugar denominado La Providencia, desde cuyos amplios terrenos se divisaba parte de la concha, el paseo marítimo y, hasta donde alcanzaba la vista, una vasta extensión de mar.

Ordenó el derribo del ruinoso caserón y la inmediata construcción de una magnífica casa. A corta distancia del edificio principal, se levantaron el garaje y el establo que albergaría media docena de caballos, animales que constituían su única pasión.

Cuando todo estuvo preparado, localizó a los sobrinos y los invitó a vivir a su lado. El conocimiento de Melchor y Gaspar le deparó una gran sorpresa; ciertamente, tenían un acusado aire de familia, pero ninguna otra característica hacía sospechar que se trataba de gemelos. Con la semejanza física, terminaba todo parecido.

Melchor era canijo, enfermizo y de natural tímido. Gaspar, el reverso de la medalla, tenía una salud de hierro, personalidad extrovertida y la fuerza de dos hombres.

Hasta que se produjo su muerte, diez años más tarde, Baltasar no tuvo ocasión de lamentar la decisión de reunir bajo su techo a los sobrinos y, como recompensa a la compañía que le habían prestado, los nombró herederos de sus bienes, disponiendo que aquel de los dos que sobreviviera al otro, pasara automáticamente a tomar posesión, sin reserva alguna, de la totalidad del capital.

La quebrantada salud de Melchor, tras una serie de altibajos, fue deteriorándose de tal modo que, al llegar a los cuarenta, se había convertido en una ruina cuya única ocupación consistía en proferir quejas contra el destino que le condenó a aquel estado de incapacidad permanente. El corazón le había pasado dos serios avisos y el hígado no admitía bromas. Su existencia transcurría entre las periódicas administraciones de productos farmacéuticos bajo la forma de inyecciones, píldoras y gotas.

El humor de Gaspar, en los primeros años refractario a las lamentaciones de su hermano, fue agriándose paulatinamente hasta culminar en un grado de susceptibilidad tal que, la mínima alusión a las enfermedades de aquél, era motivo bastante para hacer nacer en su corazón un odio irracional, para que ante sus ojos se levantara una neblina rojiza que le impedía ver.

«Esto no es vivir» -pensaba con encono-. «Antes de la providencial aparición de mi tío, trabajé como una acémila para que Melchor no careciera de nada. El oficio de fontanero me permitió, bregando sin concederme un momento de descanso, que los días de mi hermano trascurrieran en perpetua vacación. Ahora, cuando dispongo de más dinero del que podría gastar, estoy atado a este ser incapaz de otra cosa que gimotear.»

Desde niño, había sentido el deseo de viajar, conocer otros países y otras gentes, moverse por ambientes distintos. Y allí estaba, soldado a su gemelo con una soldadura que solo la muerte rompería. Si Melchor abandonaba este mundo antes que él, aún tendría ocasión de ver tierras lejanas… pero si no era así… No sería el primer caso en que se iban los sanos y quedaban los enfermos, aferrándose con uñas y dientes a un sillón que apenas abandonaban.

De pronto advirtió, al principio con espanto y posteriormente con alivio, que había comenzado a imaginar la desaparición de su gemelo como un doble acto de misericordia. Melchor sufría; aquello era evidente. Por tanto, apartarlo de su existencia miserable se convertía en una necesaria obra de caridad. Él, Gaspar, vegetaba lejos de cuanto significaba alegría, movimiento y placer. A los dos convenía que el más fuerte, él mismo, tomara las riendas e hiciera lo que procedía.

El viaje realizado repentinamente por Melchor a Madrid, en compañía de Alfonso, el jardinero, duraría cinco días. El enfermo se negó obstinadamente a que Gaspar fuese de la partida. Alguien tiene que quedarse en casa -alegó con inusitada firmeza.

Durante las jornadas en que permaneció solo, el que estaba dispuesto a convertirse en el nuevo Caín, reflexionó profundamente. La decisión había sido tomada y únicamente faltaba elegir el procedimiento por el cual ambos hermanos alcanzarían la redención, dejando al autor de la misma limpio de toda sospecha y en condiciones de realizar sus largamente acariciados sueños.

Tres fórmulas se disputaban el honor de ser seleccionadas, después de rechazar otras muy sencillas pero sumamente arriesgadas desde el punto de vista de la seguridad personal del ejecutante. Pero las tres tenían sus pegas. La embolia gaseosa, infalible, limpia y rápida, sería detectada en una autopsia. La asfixia por inhalación de monóxido de carbono -achacable a un desgraciado accidente- era difícil de llevar a la práctica pues retener a Melchor en la cochera contra su voluntad, dejaría en el cuerpo algunas señales que demostrarían sin lugar a dudas la falsedad del pretendido accidente.

El tercer medio era, por supuesto, más sangriento y brutal; requería de una mayor dosis de serenidad pero tenía a su favor la posibilidad de un nuevo intento si la primera bala fallaba. Además, fingir un robo como pretexto para los disparos, era un juego de niños.

Disponía del arma apropiada, lista para ser usada que, antes del fallecimiento de su tío, había encontrado en el desván cuidadosamente envuelta en un lienzo aceitado, junto con dos cajas de munición.

¡El vetusto Colt 45, traído por Baltasar desde tan lejos, estaba a punto de servir como pasaporte para uno de sus sobrinos!

La jornada anterior a la del regreso de la futura víctima, Gaspar se levantó al amanecer y, lejos de la vivienda, oculto entre los eucaliptos, efectuó varios disparos para probar el instrumento de su liberación. Funcionaba estupendamente; utilizado a corta distancia, no fallaría.

Melchor se reintegró al hogar con peor aspecto que cuando lo abandonó. Se le veía desfondado. A las insistentes preguntas de su hermano, respondió con un rosario de evasivas del estilo de: «No hay nada definitivo; el mismo tratamiento…»

Interrogado Alfonso, no pudo o no quiso decir nada concreto. Habían visitado un modernísima clínica y Melchor había sido reconocido por un equipo de médicos de gran valía que, deseando contar con los medios adecuados para emitir un diagnóstico sin posibilidad de error, utilizaron el scanner. Era cuanto sabía.

Tres fechas más tarde, se celebraba la fiesta grande de la ciudad. Desde hacía años, la casa conmemoraba la ocasión -los hermanos habían respetado la costumbre- concediendo a cuantos trabajaban para ellos una gratificación especial y permiso para ausentarse por la mañana bien temprano hasta última hora de la noche. El autobús urbano, con parada a quinientos metros, en la carretera general, realizaba el transporte.

El día de Nuestra Señora de Begoña, la patrona, al filo del mediodía, los gemelos eran los únicos habitantes de la casa. Salvo el lejano rumor de la radio que funcionaba en el salón ocupado por Melchor, reinaba un absoluto silencio que a Gaspar, atareado en su dormitorio, se le antojaba pleno de significado.

Cargado el revólver, lo introdujo entre el pantalón y la camisa, oculto bajo la chaqueta. Inmediatamente, con paso que se hacía más resuelto a medida que se acercaba a su destino, se dirigió al lugar de donde provenía la música.

El enfermo se encontraba sentado en un confortable sillón, el que ocupaba habitualmente, colocado muy próximo al amplio ventanal a través del cual contemplaba el mar con mirada ausente. Parecía estar lejos de allí.

Cuando advirtió la entrada de Gaspar, Melchor volvió la cabeza y, sin pronunciar palabra, tornó a su melancólica observación. Luego, extrañado ante el mutismo de su visitante, preguntó con una voz en la que se traslucía una inequívoca indiferencia:

«¿Qué sucede, Gaspar? ¿Quieres algo?»

La respuesta se produjo veloz y contundente, aunque sin palabras. Extrajo el arma y, a dos pasos del blanco, en rápida sucesión, disparó tres tiros.

Al ver el revolver en manos de Gaspar, su gemelo había tratado de incorporarse, pero la fuerza de los impactos lo derribaron. Antes de abandonar este mundo, pugnó por decir algo y logró pronunciar, débilmente pero con absoluta nitidez, una breve frase que se hincó como un dardo en la mente del asesino.

«Gracias hermano.»

Sobreponiéndose a la sorpresa, Gaspar empezó a poner en práctica el plan tantas veces ensayado y ejecutado con la ayuda de la imaginación.

Derribó unas sillas, arrojó al suelo los cajones del escritorio y esparció su contenido, abrió de par en par la puertecilla de la caja fuerte empotrada en la pared y oculta bajo la copia de un famoso cuadro, y se embolsó el dinero guardado en aquella.

Trabajaba con la furia de un poseso, como si la realización de aquella tarea le fuera algo infinitamente más valioso que la vida.

Luego, deseando que la escena estuviera dotada de mayor verosimilitud, descolgó de los muros un par de fotografías enmarcadas y otros tres cuadros más arrojándolo todo al suelo.

Sudaba a mares y las manos le temblaban. Creía conveniente despojar al cadáver, pero carecía del valor necesario para hacerlo.

Había concluido. Sin embargo, antes de encaminarse al teléfono para llamar a la policía diciendo que encontrándose en los establos había oído disparos y al dirigirse a su casa tropezó con su hermano muerto, se detuvo y echó una última mirada al decorado. Toda precaución era poca.

Experimentaba una sed abrasadora. Esto le recordó que las botellas de ginebra y whisky, así como los frascos de las medicinas que se hallaban sobre la mesita baja también deberían ir al suelo. No sería lógico que sólo aquello permaneciera intacto en una habitación donde, supuestamente, había tenido lugar una riña.

Entonces alguien, quizás un hado maléfico, le sugirió la idea de ofrecer un brindis por Melchor. Obedeciendo al loco impulso, se sirvió dos dedos de ginebra y, elevando el vaso en dirección a la postrada figura de su hermano, exclamó:

«¡Por ti, querido, buen viaje!»

Después, con movimiento brusco, se echó al coleto el ardiente líquido. Su desagradable sabor le obligó a colmar el vaso con agua de la jarra que hacía compañía a las botellas. Bebió afanoso y, de un manotazo, dejó limpia la mesa.

A punto de irse, entrevió un sobre grande, color marrón. Estaba dirigido al señor juez y contenía varios papeles. Uno, firmado por Melchor, contenía el ruego de que no se culpara a nadie por su muerte. En Madrid le habían diagnosticado un cáncer de hígado, por el momento, dormido. No deseaba asistir a su despertar. Bebería el agua de la jarra en la que había vertido tres frascos de digitalina. Sabía que las náuseas, trastornos cardiacos y parálisis respiratoria y cardiaca resultantes de la ingestión del veneno, serían agradables cosquillas en comparación con los atroces sufrimientos causados por el cáncer. Terminaba pidiendo perdón a su hermano por irse sin decir adiós.

El texto de los papeles restantes pareció adquirir vida propia ante los ojos de Gaspar, y finalmente se difuminó por completo. Pronto no vio nada en absoluto. Lo mismo les sucede a todos los muertos.

III

El juez guardó silencio unos instantes y, como el comentario que esperaba no se producía, inquirió:

«¿No tienes nada que decir, doctor? ¿Aún no te he convencido?»

«Pues, lo lamento mucho, pero ahora, basándome precisamente en lo que acabas de contar creo, con mayor firmeza que antes, en que existe un lazo especial que une indisolublemente las existencias de los gemelos. Si no fuese así, ¿cómo se podría explicar el hecho de que Melchor y Gaspar, sin haberse puesto previamente de acuerdo, emprendieran el gran viaje el mismo día, casi a la misma hora? ¿A qué obedece la entrada en escena de la cuarta opción?»

Angelito en la playa

Su rostro era la representación de la inocencia. En la cara regordeta los ojos, grandes y muy abiertos, parecían buscar ansiosamente algo que, normalmente, se encontraba más allá del interés y la comprensión de los mayores. Tenía algo menos de seis años, era hijo único y el sobrino predilecto del notario de Foz.

Angelito vivía en Madrid. Su padre, abogado de prestigio, había aceptado la invitación de su hermano, don Fermín, el notario, para compartir durante el mes de agosto la casa de éste, cerca de la playa de la Rapadoira. El abogado y su esposa viajarían a Foz el día dos, pero Angelito iría por delante con don Fermín, que tenía que pasar a últimos de julio por la capital de España, de vuelta de Valencia a donde le habían requerido complicados asuntos profesionales.

Angelito llegó con su tío y se instaló como rey y señor en aquella casa en la que sus menores deseos eran obedecidos sin comentario alguno. Su tía y su prima Aurorina, estaban encantadas de tener con ellas un niño tan guapo y cariñoso, prometiéndoselas muy felices presumiendo con él ante sus amistades.

Sin embargo, Angelito no quería saber nada de visitas ni de encierros caseros. El, lo que quería era ir a la playa, jugar en la arena y estar todo el día a remojo. Naturalmente, su criterio fue el que prevaleció.

El primer día, la familia en pleno acompañó al huésped infantil a su presentación al medio marítimo. Cuando Angelito, que iba delante del grupo, casi corriendo, se vio frente al mar, se detuvo, miró a su tío y le cogió la mano que no soltó en un gran rato. Al llegar a una de las escaleras que facilitaban el acceso a la playa, el niño volvió a detenerse y, al escuchar a su prima Aurorina que le decía: «Anda, vamos a bajar. Dentro de un rato, nos bañamos, ¿eh?» respondió únicamente con un movimiento negativo de la cabeza.

Playa de Foz, Lugo
Playa de Foz (Lugo).

De nada valió la insistencia ni los ruegos de tíos y prima. Angelito se cerró en banda y, a lo más que se avino fue a sentarse en un banco de piedra, sobre la playa, desde el que se divisaba parte de la ría, todo el arenal y un amplio espacio de aguas azul verdoso.

El chiquillo estaba como hipnotizado. Era la primera vez que contemplaba aquel espectáculo grandioso. No era la cantidad de gente lo que le anonadaba. En Madrid había visto rebaños humanos más numerosos y no le habían producido ni frío ni calor. Tenía que ser el mar.

Su tío le preguntó si la mar, el agua, le causaban miedo y Angelito se limitó a responder que no, sin separar su mirada de la lejanía. La tía Pura insistió diciendo, «¿Es que no te gusta?». El niño, lacónicamente, contestó, «Sí, mucho».»

Durante toda la semana fueron incapaces de arrancarlo de su puesto de observación y, al llegar la hora de la comida, hubieron de hacer uso de todas sus dotes de persuasión para decidirle a irse a casa. Tuvieron que prometerle que, después de almorzar y, al día siguiente, en fin, todos los días, volverían. La mar no se iba a marchar. Estaba allí desde el principio del mundo y nunca había faltado a la cita con quienes deseaban contemplarla.

En la comida, el niño, habitualmente bastante locuaz, apenas pronunció palabra. Comió poco, sin fijarse en lo que le ponían por delante y, cosa extraña, cuando fieles a la promesa hecha, le dijeron que ya podían volver a la playa, su invitado respondió que no quería ir. Prefería quedarse en casa o en el jardín.

Al día siguiente también se negó a salir; pero precisamente el viernes, cuando a media mañana llegarían sus padres, Angelito exigió una visita urgente a la playa. Fue inútil el argumento de la inminente presencia de sus progenitores, que desearían verle. Su respuesta no careció de lógica. Dijo únicamente: «Pues que vayan a verme allí.»

Así pues, sus tíos se quedaron esperando y Angelito se fue con Aurorina, una mujercita de trece años con suficiente sentido de la responsabilidad para confiarle la fácil tarea de custodiar a un niño tan pacífico.

A las once de la mañana ya se encontraban sentados en la dorada arena. Aurorina solo tuvo que quitarse el vestido que llevaba encima del bañador, pero Angelito no había querido ponérselo en casa, y tenía que hacerlo allí. La solícita prima le propuso ayudarle, pero él, con cara de pudor ofendido, rechazó su colaboración diciendo: «Yo lo haré, ya soy mayor», y con esto se introdujo en una caseta que alguien había dejado inadvertidamente abierta, saliendo a los pocos minutos con el traje de baño puesto.

Hacía un tiempo magnífico. Eran únicamente las once y media y el sol calentaba con fuerza. Al poco rato, Angelito que, aunque no había oído hablar de Azorín, se había aficionado últimamente al empleo de oraciones breves, dijo: «Tengo sed.»

Aurorina respondió: «Bueno, no te muevas de aquí. Voy a subir ahí mismo, a ese bar y te traeré un refresco.» Y repitió: «Quédate donde estás.»

Cuando regresó, no encontró ni rastro del chiquillo. Muy nerviosa, recorrió con la mirada las cercanías del lugar que ocupaba, entro en la caseta que había servido como vestidor al desobediente Angelito y, no sabiendo qué otra cosa podía hacer, se dirigió apresuradamente al puesto de socorro, afortunadamente muy cercano, para dar cuenta del extravío de su primo.

Angelito escuchó por los altavoces que se buscaba a un niño que respondía a su mismo nombre, que llevaba un traje de baño azul, como el suyo, que tenía su misma edad y que era rubio como él. Entonces comprendió que su «descubrimiento» era cuestión de minutos y, con una velocidad de reacción digna de un maestro de ajedrez, se endosó encima del que llevaba un bañador rojo que se encontraba en una silla. Le quedaba muy grande, tanto, que no se sabía muy bien si se había puesto unas bermudas o un pantalón corto demasiado largo. Luego, en un repentino rasgo de inspiración, se encasquetó una gorra visera enorme que no le cubría los ojos por impedírselo las orejas sobre las que descansaban los bordes inferiores de la misma pero que tenía la estupenda ventaja de ocultar totalmente sus cabellos rubios.

El hecho de que al coger la visera hubiera derribado la mesita sobre la que se hallaba, le obligó a batirse en veloz retirada.

En aquellos momentos, Angelito no era el mismo. Era un ser feliz, un desconocido que no tenía que dar cuenta a nadie de su conducta. Estaba hecho un verdadero adefesio, pero no sentía la menor preocupación estética.

Cuando encontró entre la arena un largo pedazo de cuerda, lo enrolló cuidadosa e inconscientemente, dispuesto a conservarlo a toda consta.

Caminando lentamente, muy lejos de donde había iniciado su escapatoria, se vio de pronto ante una mujer y un hombre que tomaban un aperitivo, sentados en cómodos sillones de lona y al resguardo de los rayos solares bajo una enorme sombrilla.

Se les quedó mirando fijamente un buen rato hasta que el hombre, molesto por la insistencia de la observación de que era objeto, dejó de leer el periódico que tenía abierto sobre la mesa y, con tono nada amistoso, preguntó: «¿Qué quieres, niño?»

Angelito, que no tenía inconveniente alguno en repetir jugada realizada anteriormente con éxito, contestó, «Tengo sed».

La señora, al escuchar aquellas palabras pronunciadas con tanta sencillez por el propietario de ojazos tan inocentes, le dijo: «Ven, siéntate aquí a mi lado (y señalaba otro sillón vacío). ¿Verdad que no te importa, Manolo, que nos acompañe un momentito este niño tan guapo? Vamos a darte un vaso de agua de la nevera. ¿Quieres?».

El sediento Angelito respondió: «Sí, señora; gracias.»

«Mira, mira Manolo -continuó la samaritana- qué educado es el chico.» Y, dejando sobre la mesa la labor de ganchillo que hacía mientras, de cuando en cuando, tomaba un sorbito de su vaso, sacó de la nevera y sirvió al disfrazado tránsfuga una generosa dosis de agua helada que éste bebió con evidente satisfacción.

Después de dar las gracias, iba a alejarse, cuando advirtió que bajo la mesa también se encontraba una cesta presumiblemente conteniendo vituallas. Tomó nota mentalmente y fingió irse, volviendo sobre sus pasos a los pocos metros. El hombre había regresado a su periódico y la mujer, tras colocar el sillón en posición horizontal y sacarlo de la sombre, se tumbó a la larga, cerró los ojos y se quedó inmóvil. Muy pronto, el hombre realizó la misma operación.

Angelito aguardó pacientemente y sólo cuando tuvo la certeza de que ambas personas se hallaban amodorradas, actuó. Arrastrándose sigilosamente, sin el menor ruido, abrió la cesta. No se comió nada. Muy al contrario, amplió su peso. Sazonó los emparedados con arena. Y pensando, no sin razón, que la materia prima era abundante y gratuita, vació medio tarro de mostaza, mezclando concienzudamente la mitad restante con la misma sustancia. Terminada su labor, se alejó cautelosamente. Los destinatarios de aquella mejora culinaria, en el mejor de los mundos, no se percataron de nada. Su enojoso enfrentamiento con la realidad se produciría algún tiempo más tarde.

Angelito continuó su camino. De pronto, se encontró con un espectáculo que no se esperaba. A pleno sol, con el sudor resbalando profusamente por la piel embadurnada pródigamente con algún producto aceitoso, tumbadas en sendos sillones, estaban las dos mujeres más gruesas que había visto en su vida, emitiendo sendos ronquidos. Permaneció unos momentos contemplando la insólita visión. Luego, se acordó de la cuerda y, sin pensarlo dos veces, con una suavidad propia de un cirujano, ató las piernas de las durmientes a sus respectivas tumbonas, éstas entre sí, y todo ello, a una mesa próxima sobre la que se veía un abundante surtido de platos y vasos.

Durante toda la operación, únicamente una de las mujeres, sin duda creyendo que una mosca la había aterrizado en la pantorrilla, hizo un perezoso movimiento con una mano para espantarla, inmovilizándose seguidamente.

Angelito no permaneció allí para comprobar el resultado de su obra. Por el momento, era un artista totalmente desinteresado en los frutos finales de su esfuerzo. Amaba su trabajo mientras lo realizaba e inmediatamente se olvidaba de él.

En los siguientes minutos pareció tomarse un respiro. Pacíficamente, se dedicó, como otros niños, al oficio de cavador. Con una energía impropia de su corta edad, hizo un hoyo de unos veinticinco centímetros de diámetro y el doble de hondura, dispersó diligentemente la arena procedente de su particular labor de ingeniería y revolvió en una papelera cercana hasta que encontró lo que buscaba afanosamente. Un periódico. De él eligió una hoja doble y volvió a colocar el resto junto a la basura de la que procedía. Angelito era un chico consciente y había leído, al bajar a la playa, un letrero en el cual el ayuntamiento solicitaba la colaboración ciudadana para mantener la limpieza.

Luego, cubrió la sima de juguete con el diario desplegado, sujetando los extremos con arena húmeda y esparció por encima una levísima capa seca. Permaneció unos instantes contemplando con mirada crítica el producto de su ajetreo y, encontrándolo satisfactorio, se alejó.

En dirección contraria caminaba un señor, de unos sesenta años. Con las gafas cabalgando en la punta de la nariz, andaba lentamente mientras leía un grueso tomo de poesía. Iba completamente ensimismado y, de cuando en cuando, se detenía, elevaba los ojos al cielo y mascullaba una línea recién leída.

Aquella descuidada forma de trasladarse tuvo un repentino y nada agradable final. Había parado a poca distancia de la fatídica trampa tendida por Angelito. Cuando se puso en movimiento y dio un nuevo paso, introdujo su pie izquierdo en el agujero. Al chasquido del hueso que se quiebra, acompañó simultáneamente una exclamación nada poética. Seguidamente, se produjo una conmoción general y la rápida intervención de una camilla de la Cruz Roja del Mar. Los camilleros condujeron al lesionado a la ambulancia situada estratégicamente al final de la escalera principal, y aquella partió, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado, a golpe de sirena.

Angelito ya no se encontraba allí para comprobar las consecuencias de sus actividades mineras. Como atacado por súbita furia, había ascendido corriendo por la escalera más próxima a la cafetería; sin proponérselo, tropezó con un hombre que descendía, al que desequilibró. Este trastabilló hacia atrás, golpeando con la cabeza la bandeja llena de vasos y botellas que llevaba en una sola mano el camarero parado un escalón más arriba. Todo se vino al suelo con estrépito.

Aquel ciclón infantil continuó corriendo y no se detuvo hasta sentirse a salvo entre los automóviles aparcados en batería bajo los sombrajos, frente al mar. Fingiendo estar ocupado sacándose algo de las sandalias, deshinchó ocho ruedas de otros tantos vehículos y no dio por finalizada su campaña anti artefactos móviles hasta que dejó caer bruscamente, y sin previo aviso, el capó delantero de una camioneta sobre los hombros y cabeza del mecánico que, a medias metido en la caja del motor, y subido al parachoques, intentaba arreglar una avería. Las airadas protestas de aquel pobre hombre podían escucharse por encima de las estridentes notas del rock puesto a todo trapo en el enorme transistor de unos jovencitos sentados poco más allá.

Angelito se largó con viento fresco. Descendió por otra escalera, tan bruscamente que, al llegar al último peldaño, no pudo detener su impulso y se cayó de cabeza sobre un paravientos detrás del cual, una señora, en paños menores, trataba de ponerse el traje de baño.

Este breve episodio recordó al infatigable revoltoso que aquel mismo día llegaban sus padres. Quizás lo hubieran hecho ya y hasta pudiera ser que le estuvieran buscando. Entonces, sin pensarlo más, se despojó de los arreos de camuflaje, que tan buen servicio le habían prestado, dejándolos caer hechos una pelota en un recipiente para desperdicios. Seguidamente, sin apresurarse, volvió al lugar donde había iniciado sus aventuras.

Cuando llegó, no estaba su prima. No obstante, no hubo de aguantar mucho tiempo. Unos minutos después, se aproximaban Aurorina, sus padres y sus tíos.

Don Fermín, que parecía haberse encargado del interrogatorio, preguntó: «Pero, Angelito, ¿Dónde estabas metido? Llevamos mas de media hora buscándote.»

El interrogado, abriendo mucho los ojos y con cara de inocente, respondió señalando el espigón: «Pues estaba allí, viendo pescar.»

Los hombres, interrumpiéndose mutuamente, hablaron del peligro que había corrido, podía haberse caído al agua, etc, etc.

La tía terció para decir: «Bueno, ya pasó todo. Gracias a Dios, no ha ocurrido nada.»

Y la madre, dejándose caer de rodillas al lado de su hijo, abrazándole estrechamente, inquirió tiernamente: «Angelito, cielo, ¿te has aburrido mucho sin nosotros?»

Angelito, tras pensarlo un momento, tuvo la decencia de responder la verdad: «No, mamá; no me he aburrido nada.»

Pedro Martínez Rayón, Reflexiones sin partitura, 1987

Los Juerguistas

La vida, en cualquier lugar, es un largo rosario de errores. Nos equivocamos con igual soltura que respiramos. Especialmente, en las ciudades pequeñas- quizás por la falta de contaminación- se cometen mayor número de desaciertos y estos, son de más apreciable bulto que en las grandes urbes.

Es posible que, algún día, los sociólogos españoles nos sorprendan con un documentado estudio del que podría deducirse la ley que, poco más o menos, afirme: «A núcleos de población más densamente habitados, menor número e importancia de los errores cometidos por los vecinos.»

Después de esto, un avispado sociólogo alemán resumirá diciendo: «El número e importancia de los errores cometidos por una comunidad humana, es inversamente proporcional a su censo de población.»

Lo que no nos aclarará el extranjero de turno será la causa de que los errores más frecuentes y con más graves consecuencias sean siempre los cometidos por personas aparentemente dotadas de caracteres extrovertidos, joviales e inofensivos.

La perversión del sentido del humor puede ser el determinante de que algunas bromas puestas en práctica por quienes gustan de ser considerados como divertidos juerguistas, se conviertan en tragedias no deseadas, en principio, por sus creadores.

Abel, Beltrán, Ciriaco, Dimas y Eufrasio, no eran malas personas. Todos ellos entre los veinticinco y los cuarenta años, eran conocidos por el remoquete de «el abecedario». Habían nacido en aquella villa donde residieron desde entonces y de la que, salvo catástrofe repentina, no se alejarían nunca. Para qué iban a hacerlo. Allí se divertían en grande. Todos los días y, en especial, los sábados, al atardecer, se reunían, celebraban consejo y decidían su actuación para la jornada nocturna. Las vísperas de domingo, se lo habían prometido hacía tiempo, deberían llevar a cabo algo especial, alguna cosa que diese que hablar a sus convecinos. Nada desagradable, por supuesto. Sólo travesuras sin mala intención.

Entre copa y copa, nunca las suficientes para causar su definitiva embriaguez, pero si lo bastantes para producir una agradable sensación de euforia, acordaban por mayoría en qué habría de consistir la juerga de aquella noche. Pocas veces confiaban en la inspiración del momento.

En algunas ocasiones, su sabatina juerga había tenido consecuencias desdichadas para otras personas. Desde luego, no porque ellos lo hubieran pretendido. Únicamente, por un error de juicio.

Como cuando, estando sentados en un parque, pensaron que tendría gracia apoyar contra la puerta de entrada de la casa de doña Blanquita media docena de bancos.

Aquella señora, dotada de un pelo blanquísimo que la identificaba desde muy lejos, llevaba más de ochenta años a cuestas, era maestra jubilada y gozaba de general cariño y respeto. En sus buenos tiempos había desasnado una caterva de hijos de aquel pueblo. Con algunos no había tenido éxito, como quedaba demostrado por los planes de los juerguistas que, al pie de sus ventanas le preparaban un bromazo indigno.

Sin esfuerzo alguno, pues para casos como aquél contaban con el poderío físico de Abel, arrancaron los ocho bancos de sus anclajes y, como había sido decidido, los colocaron en la posición descrita. Lo único que lamentaban era que doña Blanquita no saliera, como ellos, los sábados por la noche. De todas maneras, disfrutaban imaginando su sorpresa cuando, al día siguiente, pretendiese salir de casa para dirigirse a misa. ¡Cuánto darían por contemplar su gesto de asombro!

El domingo, a la hora del vermut, oyeron decir que la maestra estaba hospitalizada. Padecía conmoción cerebral y factura de fémur. Las lesiones se las había producido el súbito derrumbamiento de los bancos cuando abrió la puerta.

¿De quién era el error de juicio, de doña Blanquita o del grupo de juerguistas? Ellos no habían calculado que su broma podría terminar así, y no se consideraban responsables. Pues bueno estaría. Aquello no era frecuente y por una cosa así no iban a dejar de divertirse.

Continuaron, pues, con sus juergas, bromas y errores.

Ligera contrariedad les había causado la obstrucción intestinal producida a Fermín, el vecino menos espabilado de la comunidad y contornos, por la ingestión de ciertos canapés fabricados con atún, mayonesa y serrín, durante la celebración de la onomástica de Beltrán, acto en el que el bendito Fermín fue el invitado principal.

La broma que les había producido más grato alborozo tuvo sus fundamentos en la conjunción técnica/deporte. Por aquella época, las altas instancias del país decidieron emular al imperio romano, actuando como si, en vez de «panem et circenses» conviniese mejor a la mentalidad social este otro lema: «Boronas et globus pedis».

Es decir, para olvidar cuestiones de mayor trascendencia, fútbol a pasto. Un día sí y otro también, retrasmisiones televisadas de encuentros del siglo, de la máxima rivalidad, de… Aquel domingo, a las ocho y media de la tarde, TVE regalaba a los ávidos televidentes el partido entre España y Portugal. Todo el mundo hablaba del acontecimiento y apenas podía contener su impaciencia.

No estoy completamente seguro de si fue Ciriaco o Dimas quien lanzó la semilla, el germen de la idea. ¿No sería formidable impedir la llegada de la señal a los televisores de la villa? ¿Qué protestas se producirían? ¿Cuánta indignación? ¿De qué calibre serían los tacos?

Pues nada, no rechazándose el proyecto, solo sería cuestión de encontrar el medio adecuado.

Aquí terció Beltrán sugiriendo la inutilización temporal del repetidor de zona. Él mismo, propietario de una ferretería, se encargaría de conseguir la llave que les daría acceso a la caseta que, al pie de la torreta, encerraba los equipos electrónicos.

A las ocho y veinticinco de aquel aciago domingo, cuando la afición esperaba ansiosamente la conexión con el estadium de Lisboa, de pronto, las pantallas comenzaron a servir lo que parecían imágenes de una copiosa nevada acompañada de un prolongado zumbido.

La sencilla desconexión de unos fusibles había dejado sin partido a quienes lo aguardaban desde hacía tanto tiempo.

Cuando el defraudado público logró localizar al encargado del repetidor y el desperfecto fue reparado, el partido había finalizado hacía más de una hora.

Pero durante aquellos angustiosos momentos (para algunos), ¡qué diluvio de agudezas, cuántas sonrisas socarronas!

Sin embargo, esto no fue nada si se compara con el torrente de carcajadas que se prometieron cuando Eufrasio, el menos emprendedor de «el abecedario», concibió la trama para dar un susto a Zacarías y su novia Ubalda.

La oferta fue aceptada por unanimidad y acogida con estrepitosas risotadas. Después, Ciriaco, estratega del grupo, exigió un momento de seriedad y pasó a exponer su idea de cómo debería montarse su regocijante tomadura de pelo.

«El próximo sábado, a la salida de la última función de cine, los esperamos cerca del puente. Cuando se encuentren hacia la mitad -añadió- nos pondremos en marcha, partiendo el extremo más alejado del pueblo Llevaremos pasamontañas y nos fingiremos atracadores. Les quitaremos cuanto lleven de valor. Al día siguiente, se lo devolvemos todo.»

El plan de Ciriaco, también fue acogido sin oposición.

Fieles a su humorístico designio, «el abecedario» se encontraba al completo , a las doce y media de la noche, en el lugar que, en sus proyectos, habían pasado a denominar el campo de operaciones.

Era una noche fría y lluviosa. Allí, emboscados bajo los árboles que formaban un espeso bosque a partir de la misma ribera, resultaban invisibles para quienes pudieran pasar.

La vigilancia no se prolongó mucho tiempo. Cobijados bajo un inmenso paraguas, ignorantes de lo que se les venía encima, Zacarías y Ubalda caminaban hablando, quizás de lo mucho que les quedaba por hacer antes de su próxima boda.

Él había regresado al pueblo recientemente, licenciado del Cuerpo de Guerrilleros en el que había realizado el servicio militar. Era una persona reservada que no gustaba hablar de las experiencias, limitándose a contestar cuando se lo preguntaban, que todo había ido bien, aunque, claro, tenía grandes deseos de volver a casa.

De acuerdo con lo previsto, cuando la pareja alcanzó la mitad del puente, «el abecedario», se acercó , bien oculto tras los paraguas. Al llegar a su altura, procurando disfrazar sus voces, saludaron con un sofocado «Buenas noches» e, inmediatamente, los rodearon.

Abel y Beltrán, sujetaron fuertemente los brazos a Zacarías. Ciriaco y Dimás hicieron lo propio con Ubalda, y Eufrasio quedó en reserva. Este último, el más capacitado para disimular su verdadera voz, dijo: «Tranquilos, aquí no va a pasar nada. Dadnos todo lo que llevéis encima. Dinero, relojes, todo. No nos obliguéis a haceros daño. Sería muy triste tener que pegaros un tiro.»

Zacarías, muy sereno, por toda respuesta, le pidió a Ubalda que obedeciera, añadiendo. «Tengo el dinero en la cartera, en el bolso interior del lado izquierdo. No es mucho pero, cogedlo. No llevo reloj, ni nada que valga un duro.»

Una vez que hubieron despojado a sus víctimas y en el momento en que los asaltantes se iban a retirar, Eufrasio cometió su segundo error (el primero fue proponer aquella estúpida aventura).

Con la misma voz de falsete que había estado utilizando propuso: «Y ahora, antes de irnos, tú, niña, vas a ser buena chica, y nos vas a dar un besito a cada uno.»

Entonces, Zacarías, hasta aquel momento tan impávido y resignado, gritó algo que a todos llenó de asombro: «Descuide, mi capitán».

Los atacantes aún no habían tenido tiempo para recobrarse de su estupefacción cuando Zacarías, repentinamente, se convirtió en una verdadera máquina de propinar golpes.

Para empezar, asió ambos brazos de Abel, lo atrajo hacía si y dejándose caer de espaldas, lo arrojó, limpiamente, al río, por encima del pretil del puente, que rozó con el ruido de algo que se rasga.

Sin esfuerzo aparente, se levanto y lanzándose con las piernas por delante, propinó simultáneamente dos fuertes patadas, una a Beltrán y otra a Ciriaco, en pleno pecho que les envío rodando a estampar sus cabezas contra los laterales de aquel puente, convertido en útil aliado de Zacarías.

Después se dirigió a Eufrasio y Dimas, los agarró por el cuello e hizo chocar sus cabezas. Luego, como quien se deshace de un par de conejos, los envió a reunirse con su amigo Abel, al río.

Estas acciones fueron tan rápidas que, en realidad, parecía tratarse de una sola.

Ubalda, que en momentos de emoción como el que acababa de vivir, acortaba el nombre de su novio, musitó con voz trémula: «Pero Zac, ¿dónde aprendiste a hacer eso? ¿Qué quería decir lo de «Disculpe, mi capitán»?»

Y Zac, tratando de recomponer una manga de la chaqueta que se había descosido, respondió: «Mira, es muy largo de contar; ya lo haré en otra ocasión: Ahora bastará que te aclare que soy el campeón nacional militar de defensa personal, lucha libre y Judo. En cuanto a lo «Descuide, mi capitán», que tanto te intriga, era mi respuesta al instructor que, en los entrenamientos, me decía: «Cuidado, Zacarías, no vayas a hacer daño a alguien».

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones en clave de fa. Oviedo, 1986

Timetable

No había hecho mas que sentarme cuando comenzó a sonar el teléfono. El invento de un diablo apellidado Bell, con su insidioso repiqueteo, exigía mi inmediata atención.

Reprimiendo un acuciante deseo de hacerme el sordo, descolgué el odiado aparato y escuché la conocida voz del director de la Agencia que me pedía pasara por su despacho.

¿Qué tripa se le habrá roto tan temprano?, me pregunté mientras caminaba hacia el sanctasanctórum. ¡Ojalá hoy sea uno de esos escasos días en que su úlcera duodenal hace fiesta!

Llevaba trabajando diez años en la Agencia Publicitaria Market y no recordaba ni una sola ocasión en que hubiese sido llamado a presencia del jefe sin verme convertido en víctima propiciatoria sacrificada en el altar de su malhumor.

«¿Terminó Vd. con el asunto Industrias Tona?», preguntó a quemarropa, casi sin darme tiempo a entrar.

«Mañana comenzaré con él», respondí. «Si no surgen problemas, mañana mismo a última hora de la tarde, le entregaré el calendario y los detalles de toda la operación…»

» Timetable y planning», cortó sin que yo finalizara lo que deseaba decirle.

El «headman» de la Agencia, como él mismo gustaba definirse, compensaba su desconocimiento de inglés utilizando «ad nauseam» la media docena de vocablos que había recogido de aquí y allá.

«A propósito -continuó impertérrito- nuestro cliente, ¿ha decidido si desea o no «direct mailing?»

«Ayer me han dicho que si», contesté cruzando una apuesta conmigo mismo sobre lo que vendría después.

«¿Ha llegado ya su O.K. por escrito?»

«Pues no. Todavía no». (Lo sabía, lo sabía).

» Y, ¿cree Vd. que tendremos tiempo de poner en marcha la operación «on time»? (¡Hombre, esto es nuevo!)

«Verá Vd. Hoy estamos a diez; como le dije, mañana, día once, le entregaré todo el material por escrito; la imprenta nos pasará las pruebas el veinte o veintiuno y la operación no se inicia hasta el día treinta del mes que viene. Hay tiempo sobrado.»

«Bien, bien, pues nada más. Si se me ocurre algo nuevo, ya hablaremos.»

Me dispuse a salir, sin darme mucha prisa, pues el instinto me decía que aún faltaba algo, cuando, con papal ademán de sus manos, aconsejó que me detuviera.

«Los brochures, full color, supongo…»

«Yes, sir; you can bet it.», (Si, señor; puede apostarlo), respondía harto de tanta majadería. Luego salí del despacho cerrando suavemente la puerta.

Volví a mi mesa de trabajo, tomé asiento y, para no caer en un lamentable olvido que podría acarrearme desagradables consecuencias, pasé la hoja del calendario de mesa y, bajo la fecha 11, escribí: «Asunto I. Tona, hoy, como sea, Kaput.»

Después, sacando una hoja de papel del cajón, bien provisto de material de escritorio, fui anotando con detalle todos los pasos (steps, diría mi britanizado jefe) de la campaña.

Finalizada aquella importante tarea, procedí a revisarla detenidamente, cambiando de lugar dos de los trabajos a llevar a cabo.

Satisfecho por no haber omitido nada, dejé de lado la hoja encabezada con un título, en letras gordísimas, que decía: «Industrias Tona, día 11».

Manteniendo a la vista el trascendental documento, dediqué el resto de la jornada a otros asuntos menos vitales.

Cuando llegué a casa aquella noche, mi mujer exclamó mirándome fijamente: «A ti te pasa algo.»

Su aseveración hubiera resultado más exacta si, cambiando el tiempo del verbo, hubiese vaticinado: «A ti te va a pasar algo.»

Pero por muy perspicaz que fuese mi esposa, y lo suyo en ocasiones supera lo penetrante para alcanzar niveles de clarividencia, era imposible que adivinase el extraño suceso de que sería juguete su desconcertado consorte.

Nos fuimos a la cama, tras una insípida sesión de TV, durante la cual yo, más despistado que de costumbre, no me enteré de nada. Comprobé el funcionamiento del despertador encargado de indicarme que había llegado el momento de dedicar mis esfuerzos a Industrias Tona como si fuera incapaz de hacer algo por sí misma.

Instantes más tarde, apagamos la luz y casi de inmediato caí en un profundo sopor. Aún conservo la sensación de haber soñado toda la noche, sin un momento de pausa. Si esta forma de dormir es descansar, yo, más que yo mismo, soy el Almirante Canaris (q.p.d.).

Comenzó el enigma en la oficina. Me encontraba de nuevo sentado ante la mesa y repasaba una vez más la hoja en que, por la mañana, había apuntado cuanto se relacionaba con la campaña encargada por nuestro más reciente cliente.

Enseguida, como si no tuviera tiempo que perder, utilizando un folio para cada uno de los apartados en que previamente había dividido el trabajo, fui desarrollándolos metódicamente. Hablé por teléfono con el responsable de I. Tona y con la imprenta para aclarar algunos extremos, hasta entonces sin definir del todo y, finalmente, di por terminado mi trabajo.

Con nitidez y lujo de pormenores que me obligaban a dudar de que estaba soñando, era consciente de cuanto me rodeaba; el mobiliario de la oficina, los ficheros metálicos pintados de un verde ciruela que nunca había sido de mi agrado, el teléfono que, cosa extraña, no sonó desde que comenzara a trabajar, todo parecía dotado de presencia física.

Sin embargo, faltaba algo. Echaba de menos alguna cosa. El escenario resultaba incompleto pero, por más que me esforzaba, no conseguía localizar en mi mente aquello que, como para embromarme, había sido escamoteado.

¿Es posible pensar cuando se sueña? Para hacerlo, sería forzoso mantener el cerebro, su posibilidad de razonar, en un plano distinto al que ocupa habitualmente. Pero la mudanza de un plano a otro, habría que llevarla a cabo de manera voluntaria y, ¿actuamos voluntariamente cuando soñamos?

¿Soñaba que soñaba o, después de realizar el trabajo, imaginé que soñaba haberlo ejecutado?

Fuera como fuere, me sentía intranquilo y soñé que pasaba revista una y otra vez a cuantos objetos formaban parte de mi entorno laboral.

Nada; era consciente de que allí no se encontraba una cosa que durante diez años permaneció ante mi vista y ahora había desaparecido.

Aquel molesto estado, la desazón que me atormentaba se esfumó merced al destemplado sonido del despertador. Era la primera ocasión en que el detestable chisme interrumpía mi sueño oportunamente.

Durante el corto trayecto a la oficina, no fui capaz de apartar de mi mente la sensación de moverme en un mundo diferente al de todos los días. Parecía como si una parte de mi ser pugnara todavía por abandonar el universo de lo irreal.

Al llegar a la Agencia, preparé mis cosas, eché un último vistazo al proyecto de la campaña, que indefectiblemente, tendría que dejar terminada aquel mismo día once y cuando, de igual modo que lo había soñado la noche inmediatamente anterior, me disponía a iniciar el trabajo, una llamada telefónica me convocó al despacho del Director que, tan pronto como entré, dijo:

«Me ha proporcionado Vd. una gratísima sorpresa. No sé cómo lo ha hecho pero lo cierto es que la campaña Industrias Tona resulta un modelo en su género. No falta ni sobra absolutamente nada. Enhorabuena. Tengo la seguridad de que si este asunto tuviera cobertura nacional, lograría el Oscar de Oro de la Comunicación.»

La sorpresa no me permitió otra cosa que musitar: «Entonces, ¿le ha gustado?»

«Pero hombre, qué cosas dice. ¿Cómo no me va a gustar? Además, lo ha hecho en un tiempo récord. Otra vez enhorabuena. Cuando llegué, al ver el expediente aquí encima, no lo creía.»

Abandoné el despacho como ebrio. No me daba cuenta de dónde ponía los pies. Ignoro cómo acerté a tomar asiento tras la mesa sobre la que destacaba burlonamente un folio en blanco, oculté la cara entre las manos y me tapé los ojos.

Debía presentar muy mal aspecto, pues uno de mis compañeros, solícitamente me preguntó si me encontraba enfermo.

«Nada, un pequeño mareo. Ya me está pasando. No te preocupes», respondí débilmente.

Pero no era cierto. Me sentía fatal. Aquello era imposible. Yo, estaba completamente seguro, no había redactado la campaña. Bueno, sí lo hice, pero en sueños. Entonces, ¿cómo diablos está terminado y en poder del Director?

Se me ocurrió entonces realizar una comprobación. Era estúpido, pero no tenía otro remedio. Me equivoqué dos veces pero, al fin, conseguí marcar el número de la imprenta y, con el teléfono en una mano temblorosa, solicité hablar con el encargado.

La respuesta que recibí, después de una corta espera, fue la esperada, pero no por ello menos inconcebible: «Ya había quedado convenido todo. ¿Es que va a haber un cambio de última hora?»

«No -le aseguré- Se trata solo de una confirmación rutinaria.»

Colgué el aparato tan avergonzado como si hubiese sido sorprendido realizando un acto punible. Pero luego, incapaz de resistir la tentación, llamé a I. Tona.

El jefe del área comercial me dio una contestación similar a la anterior. ¿Es qué se ha presentado algún problema?

Le tranquilicé lo mejor que supe y deposité suavemente el teléfono en su soporte.

Sumido en un profundo estupor, permanecí un buen rato con la mirada fija en la pared de enfrente. Tenía la visión desenfocada y no percibía claramente lo que se hallaba ante mis ojos.

De pronto, advertí que las imágenes se concretaban. Ante mí apareció el objeto que faltaba en el maldito sueño de la víspera. Era el calendario metálico. Señalaba año, mes, día de la semana y fecha.

Indicaba entonces miércoles, once. Lo mismo que en el despacho del jefe.

Esto no puede ser, me dije. Si ayer era diez y prometí finalizar la tarea para última hora del día once y hoy, once, ya se encuentra en el despacho del director, ¿cuándo lo hice? ¿Por qué no figuraba el calendario en mi sueño? ¿Habría trabajado el día diez hasta muy tarde? No. Recordaba que después de las siete y media de la tarde había estado jugando al billar con unos amigos. Uno de ellos era el compañero que se había interesado por mi saludo hacía un momento.

Corriendo el riesgo de parecer más estúpido de lo que ya me sentía, me levanté y fui a su mesa. Le pregunté si recordaba exactamente hasta qué hora habíamos estado juntos la noche anterior.

«Hasta las diez y cuarto en los billares. Después te acompañamos Adolfo y yo hasta tu casa, pues nos cogía de paso. Por cierto, nada te dijimos entonces, pero nos extrañó que nos preguntases tres o cuatro veces a qué fecha estábamos. ¿Te sucede algo?»

«Nada, nada. Pero, ¿qué me respondisteis?»

«Pues, la verdad; que estábamos a martes, diez. ¿No ves el calendario? Hoy miércoles, once. Como era de esperar.»

«No siempre sucede únicamente lo posible», rezongué entre dientes, encaminándome a mi sitio, bajo la mirada de asombro del boquiabierto colega.

Y aún se sintió más aturdido, cuando, retrocediendo a su lado, le pregunté: «¿Has oído mencionar alguna vez los días intercalados o fechas bis?»

Pedro Martínez Rayón. Reflexiones sin partitura. Oviedo, 1987

Última singladura

Nació tierra adentro pero cuando -a los siete años- conoció la mar, sin saberlo, se enamoró. A partir de aquel veraneo en Gijón, se pasaba el año importunando a sus padres que, ya mayores, carecían de ánimos para contrariar los deseos de su hijo único y, temporada tras temporada, volvían al piso alquilado frente a la playa.

Para Raúl, el retorno a la casa gijonesa era como la vuelta al auténtico hogar. Esperado durante los meses del curso escolar con nerviosa impaciencia, era acicate en los estudios y ayudaba en la obtención de unas notas cada vez más brillantes.

En las vacaciones de Navidad y Semana Santa olvidaba los libros de texto y se atiborraba de relatos acerca de navegantes y conquistadores, siempre con el mar como telón de fondo y protagonista indiscutible.

Bastante antes de finalizar el Bachillerato, anunció a su familia que iba a ser marino, no que le gustaría o que quisiera serlo. Que iba a ser marino. Sus padres, ante aquella firmeza no opusieron obstáculos y, para Reyes, le regalaron un sextante. Tan pronto como consiguió el título, se matriculó en la Escuela de Náutica de Barcelona, y allí siguió los estudios con excelente aprovechamiento, siendo apreciado por profesores y alumnos.

Con el apoyo del Director de la Escuela, que veía en Raúl un claro ejemplo vocacional, logró embarcar rápidamente.

Pasaron los años y los barcos. Siempre hacia delante hasta que su sueño, el que parecía un imposible, se hizo realidad. Mandaba un barco, su barco. Después hubo otros, pero ninguno como aquel que toda su vida evocaría como se recuerda el primer amor, con una ternura especial no exenta de nostalgia y de tristeza.

Hizo largas travesías por todos lo mares y conoció infinidad de puertos y países pero nunca volvió a sentir lo que experimentó cuando abocó el puerto de Hamburgo, el primero al que arribó al mando del Río Montalén.

Coincidiendo con su prolongada estancia en Aden, Arabia, obligada para efectuar algunas reparaciones en el casco del barco, comenzó a beber más de la cuenta. Al principio, la excusa era el calor, pero más adelante, cuando ya se encontraba en latitudes menos agobiantes, no necesitó disculparse ante sí mismo para beber abundantemente.

Después de varios incidentes con la oficialidad y la tripulación, que comenzaba a perder la confianza en sus dotes de mando y el respeto a su capacidad profesional, Raúl fue llamado a las oficinas centrales de la naviera armadora de su barco.

Allí fue reconvenido con toda dureza. Se le dijo que la casa no podía permitirse la inconsciencia de confiar el mando de uno de sus barcos a una persona dominada por el alcohol y, en consecuencia, vigilarían su conducta. Caso de repetirse el hecho de encontrarse ebrio a bordo se verían obligados a expulsarle fulminantemente.

El marino aceptó las razones que aducían sus patronos y prometió una enmienda radical e inmediata. Realizó dos viajes -uno a Panamá y otro a Marsella- en los que no hubo nada que reprocharle. En el tercero, con destino a Rotterdam, comenzó a beber de nuevo. Los primeros días se limitaba a un par de copas, pero más tarde, sin medida alguna, llegando al puerto holandés en pleno delirium tremens. En el puerto fue recibido por el agente de la naviera e ingresado en un sanatorio para alcohólicos.

Tras dos meses y medio, desintoxicado y en forma, recibió la carta de despido por alcoholismo incorregible, acompañada de una fotocopia en la que él mismo había firmado previamente prestando su conformidad al cese en caso de reincidir en el consumo de bebidas alcohólicas. Incluían los armadores un billete de avión para Madrid y un cheque con la liquidación definitiva.

Raúl, en un estado de confusión mental que no le permitía percatarse claramente de su situación, hizo efectivo el cheque y partió para España.

Cuando llegó a Madrid, sin salir siquiera de Barajas, sentado en una incómoda butaca de plástico, decidió hacer balance general de su vida pasada y planes para el futuro.

Tenía cincuenta y ocho años. Carecía de familia -sus padres habían fallecido hacía algunos años dejándole un piso en Gijón y algún dinero- y prácticamente no contaba con amigos. Le faltaban dos años para alcanzar el retiro, que con la expulsión se le negaba ahora. Era precisa un severa administración para ir tirando hasta que apareciera algo. Quizás dar clases de náutica a jóvenes que desearan comenzar la carrera que se había terminado para él. Lo primero, irse a Gijón, a su casa.

Inmediatamente, se acercó al mostrador de Iberia, tomó un billete para Asturias y facturó su equipaje. Faltaban dos horas y media para su vuelo y, no teniendo nada mejor que hacer, se dirigió a una de las cafeterías. Se sentó ante la barra y pidió un coñac. Cuando tuvo la fina copa en la mano, en el momento de levantarla para llevarla a los labios, de lo más íntimo de su ser, surgió una protesta, una rebelión que, literalmente, le obligó a dejarla otra vez sobre la reluciente barra niquelada, diciéndole al extrañado camarero: «Póngame también un zumo de naranja, por favor.»

Mientras, a traguitos, tomó el refresco, se prometió -sin solemnidad ni juramentos- que nunca más volvería a tomar algo que contuviera alcohol. Después, pagó coñac y naranja y estuvo paseando hasta la salida del avión.

Cuando llegó a Gijón, después del corto vuelo y el viaje en autobús desde el aeropuerto de Ranón, era noche cerrada. Tan pronto como estuvo en casa, se duchó y se acostó. Aunque el portero disponía de una llave y había sido avisado de que debía aprovisionar nevera y despensa, Raúl no sentía apetito. Ni siquiera tuvo curiosidad por comprobar si sus instrucciones habían sido cumplidas.

El tiempo pasó lentamente. De una iglesia cercana llegaba el sonido de las campanas que marcaban las horas, causándole la impresión de que entre una y otra transcurrían bastante más de sesenta segundos. Por fin, una tenue claridad comenzó a filtrarse por los intersticios de la persiana no cerrada del todo. Amanecía y, con la llegada del nuevo día, se iniciaba el enfrentamiento con una vida desprovista de interés y de objetivo.

Tan pronto como hubo luz suficiente, se levantó, preparó un rápido desayuno y echándose a la calle, comenzó a pasear por el muro , sobre la playa de San Lorenzo. Era muy temprano aún y las pocas personas con las que se encontraba, con las manos en los bolsillos y los cuellos de las prendas de abrigo levantados, caminaban a paso rápido. Hacía frío y soplaba un fuerte nordeste.

El ruido de los propios pasos resultaba un monótono acompañamiento a las negras ideas que le asaltaban. Después de dos vueltas al paseo marítimo, cansado de andar, se acercó a la barandilla metálica pintada de blanco y, acodándose en ella, contempló la mar revuelta por las grandes olas cubiertas de espuma.

Repentinamente comprendió que su vida había experimentado tal cambio que nunca más volvería a ser lo que fue. ¿Iba a transcurrir, como aquel momento, entre continuas lamentaciones y la irresistible añoranza de su existencia anterior? No, le resultaría imposible volver a vislumbrar la mar sin sentir una dolorosa vergüenza que acabaría por volverle loco.

En aquel momento, de igual modo que en Barajas se prometió no volver a tomar una sola gota de alcohol, se hizo el firme propósito de no poner sus ojos en el mar nunca más. Debía romper con sus hábitos de una manera definitiva y, para ello, la única solución que se le ocurría era marcharse de Gijón e ir a vivir tierra adentro.

Conocía Oviedo y no le disgustaba. Aquella mañana, después de traspasar a una sucursal ovetense del banco en que tenía todo su dinero el total de sus recursos y de poner en venta el piso que había heredado de sus padres, se fue, prometiendo no volver jamás.

En un modesto hotel de la capital de Asturias residió ocho años y, cuando comenzaron los apuros económicos porque su peculio tocaba fondo, se traslado a una pobre pensión a las afueras, situada casi al pie del monte Naranco.

Dos años después, prácticamente sin recurso, visitó al propietario de unos barracones habilitados como cocheras proponiéndole hacerse cargo de su custodia nocturna, por una módica cantidad y el consentimiento de instalar un camastro y una cocinilla de gas. El dueño de los garajes, más por piedad que por otra cosa, accedió llevando su generosidad hasta autorizarle a hacer uso de un trocito de tierra para sembrar patatas y algunas legumbres.

Raúl se consideraba afortunado. Se había acostumbrado a pasar con poca cosa y con lo que obtenía de aquella diminuta huerta tenía suficiente para salir del paso. El mismo se lavaba la ropa y se las arreglaba para estar presentable. Tenía suerte de caer bien y no le faltaba nunca un rato de conversación con los residentes en las casas cercanas.

Por las noches, cuando el último de los automóviles que se guardaban en sus dominios había sido cerrado, aderezaba y consumía su frugal cena y, después de fregar los pocos cacharros que utilizaba, se sentaba un rato a contemplar el cielo. Estando despejado el firmamento, aquel lugar era ideal para hacerlo. Un tanto alejado de la ciudad, el resplandor de millares de luces no apagaban el fulgor de las estrellas que tan conocidas y amistosas le resultaban.

Entonces trataba de no recordar su antigua vida, también bajo las estrellas, pero cabalgando sobre las aguas. Experimentaba un amargura tan dolorosa como si estuviera aquejado de una enfermedad física. Ni siquiera le quedaba el consuelo de encontrar un responsable en quien descargar su hiriente sentimiento de culpabilidad. Recordaba una frase, que escuchó no sabía donde, que afirmaba «el hombre mata cuanto ama», y ahora comprendía ampliamente su significado.

«El mar era mi aliento, pensaba, y yo mismo acabé con la posibilidad de vivir en él y con él».

Cuando alcanzó los setenta y dos, todavía se mantenía erguido. Caminaba con el bamboleo de quienes han pasado mucho tiempo sobre la cubierta de un barco. Conservaba todo su cabello, blanquísimo, y en su rostro atezado brillaban los ojillos azules con una mirada un tanto triste.

Sus deseos de volver a ver el mar se hacían insostenibles, viéndose obligado a realizar estoicos esfuerzos para desoír las insistentes llamadas que se producían cada día con mayor frecuencia. Pero fiel a sus dos promesas, los vetos a la bebida y al mar, se negaba a claudicar.

Sin embargo, un día, después de una inacabable noche en que apenas pudo conciliar el sueño, a las cuatro de la tarde se encontró en un autobús rumbo a Gijón.

Parecía que algo le empujaba. Era como si alguna cosa más fuerte que su propia voluntad le arrastrase. A las cinco ocupaba un banco en el Muro, frente al mar, al que se había obstinado en enfrentarse durante catorce años.

Era el mes de noviembre y hacía un frío cortante, como la última vez que había estado en aquel mismo lugar. No obstante, él no lo advertía. Como un hambriento, hundía su mirada en aquellas aguas verdosas que comenzaban a reflejar los rayos de un sol que muy pronto se ocultaría tras el montículo de Santa Catalina. Mientras gozaba del paisaje que amaba desde niño, pensaba con pesadumbre en la felicidad que había arrojado por la borda.

Una congoja le atenazaba la garganta y experimentaba un violento deseo de estallar en sollozos.

Súbitamente, como movido por un resorte, se puso en pie y, cruzando el paseo, avanzó los pocos metros que le separaban de la barandilla. Al llegar, la asió con ambas manos , separando los brazos, como hacía cuando se encontraba en el puente al mando del Río Montalén. En aquel momento, un agudo dolor, que parecía partir del brazo izquierdo, le traspasó el torso. Era como si le hurgaran en el pecho con un garfio al rojo vivo. Las rodillas le fallaron y cayó al suelo. A través de una niebla que no procedía de la playa, podía ver aún el mar.

Un transeúnte que se acercó y comprendió lo que ocurría se fue corriendo a una cafetería próxima y volvió prontamente con un vaso de coñac.

Cuando, después de incorporar a Raúl, trató de hacerle beber aquel remedio de urgencia, el exmarino, con una sonrisa de felicidad en los labios, todavía logró articular: «No; quebrantar dos promesas en un mismo día, es demasiado»

Reflexiones en clave de fa, Pedro Martínez Rayón, Oviedo, 1986