I
Perdona que te contradiga, doctor. Ya sé que, haciéndolo, estoy invadiendo tu terreno profesional pero, aún admitiendo que es posible encontrar casos como los que has mencionado, opino que, no debe inferirse una regla general.
Tampoco sería científico afirmar, porque entre ciertos hermanos no nacidos en el mismo parto se dé idéntica unidad de pensamiento, intención y sensaciones -que tu atribuyes en exclusiva a los gemelos- que la hermandad produzca indefectiblemente los mismos efectos.
Para demostrar la veracidad de lo que sostengo, te contaré lo sucedido no hace mucho aquí mismo, en Gijón, a pocos kilómetros del Piles. Escucha, y luego me dirán si tengo o no razón al afirmar que en algunas parejas de gemelos la existencia se desarrolla de manera absolutamente independiente, y cada uno de los miembros del dúo actúa por libre, en plan solista.
II
Cuando Baltasar regresó de Argentina, realizó un rápido balance de la situación que le permitió conocer con exactitud cuál era su posición personal y económica, así como lo que, presuntamente, habría de depararle la vida a partir de entonces.
Poseía una inmensa fortuna, setenta años cumplidos y dos sobrinos gemelos a quienes ni siquiera conocía de vista. A pesar de ello, dos parientes -hijos de su único hermano fallecido tiempo atrás- aunque desconocidos, eran mejor que nada. Aquellos muchachos, para él lo eran pues aún no habían alcanzado la treintena, se ocuparían de aliviar la tristeza de su solitaria vejez.
El indiano adquirió una hermosa finca en las afueras de Gijón, en el lugar denominado La Providencia, desde cuyos amplios terrenos se divisaba parte de la concha, el paseo marítimo y, hasta donde alcanzaba la vista, una vasta extensión de mar.
Ordenó el derribo del ruinoso caserón y la inmediata construcción de una magnífica casa. A corta distancia del edificio principal, se levantaron el garaje y el establo que albergaría media docena de caballos, animales que constituían su única pasión.
Cuando todo estuvo preparado, localizó a los sobrinos y los invitó a vivir a su lado. El conocimiento de Melchor y Gaspar le deparó una gran sorpresa; ciertamente, tenían un acusado aire de familia, pero ninguna otra característica hacía sospechar que se trataba de gemelos. Con la semejanza física, terminaba todo parecido.
Melchor era canijo, enfermizo y de natural tímido. Gaspar, el reverso de la medalla, tenía una salud de hierro, personalidad extrovertida y la fuerza de dos hombres.
Hasta que se produjo su muerte, diez años más tarde, Baltasar no tuvo ocasión de lamentar la decisión de reunir bajo su techo a los sobrinos y, como recompensa a la compañía que le habían prestado, los nombró herederos de sus bienes, disponiendo que aquel de los dos que sobreviviera al otro, pasara automáticamente a tomar posesión, sin reserva alguna, de la totalidad del capital.
La quebrantada salud de Melchor, tras una serie de altibajos, fue deteriorándose de tal modo que, al llegar a los cuarenta, se había convertido en una ruina cuya única ocupación consistía en proferir quejas contra el destino que le condenó a aquel estado de incapacidad permanente. El corazón le había pasado dos serios avisos y el hígado no admitía bromas. Su existencia transcurría entre las periódicas administraciones de productos farmacéuticos bajo la forma de inyecciones, píldoras y gotas.
El humor de Gaspar, en los primeros años refractario a las lamentaciones de su hermano, fue agriándose paulatinamente hasta culminar en un grado de susceptibilidad tal que, la mínima alusión a las enfermedades de aquél, era motivo bastante para hacer nacer en su corazón un odio irracional, para que ante sus ojos se levantara una neblina rojiza que le impedía ver.
«Esto no es vivir» -pensaba con encono-. «Antes de la providencial aparición de mi tío, trabajé como una acémila para que Melchor no careciera de nada. El oficio de fontanero me permitió, bregando sin concederme un momento de descanso, que los días de mi hermano trascurrieran en perpetua vacación. Ahora, cuando dispongo de más dinero del que podría gastar, estoy atado a este ser incapaz de otra cosa que gimotear.»
Desde niño, había sentido el deseo de viajar, conocer otros países y otras gentes, moverse por ambientes distintos. Y allí estaba, soldado a su gemelo con una soldadura que solo la muerte rompería. Si Melchor abandonaba este mundo antes que él, aún tendría ocasión de ver tierras lejanas… pero si no era así… No sería el primer caso en que se iban los sanos y quedaban los enfermos, aferrándose con uñas y dientes a un sillón que apenas abandonaban.
De pronto advirtió, al principio con espanto y posteriormente con alivio, que había comenzado a imaginar la desaparición de su gemelo como un doble acto de misericordia. Melchor sufría; aquello era evidente. Por tanto, apartarlo de su existencia miserable se convertía en una necesaria obra de caridad. Él, Gaspar, vegetaba lejos de cuanto significaba alegría, movimiento y placer. A los dos convenía que el más fuerte, él mismo, tomara las riendas e hiciera lo que procedía.
El viaje realizado repentinamente por Melchor a Madrid, en compañía de Alfonso, el jardinero, duraría cinco días. El enfermo se negó obstinadamente a que Gaspar fuese de la partida. Alguien tiene que quedarse en casa -alegó con inusitada firmeza.
Durante las jornadas en que permaneció solo, el que estaba dispuesto a convertirse en el nuevo Caín, reflexionó profundamente. La decisión había sido tomada y únicamente faltaba elegir el procedimiento por el cual ambos hermanos alcanzarían la redención, dejando al autor de la misma limpio de toda sospecha y en condiciones de realizar sus largamente acariciados sueños.
Tres fórmulas se disputaban el honor de ser seleccionadas, después de rechazar otras muy sencillas pero sumamente arriesgadas desde el punto de vista de la seguridad personal del ejecutante. Pero las tres tenían sus pegas. La embolia gaseosa, infalible, limpia y rápida, sería detectada en una autopsia. La asfixia por inhalación de monóxido de carbono -achacable a un desgraciado accidente- era difícil de llevar a la práctica pues retener a Melchor en la cochera contra su voluntad, dejaría en el cuerpo algunas señales que demostrarían sin lugar a dudas la falsedad del pretendido accidente.
El tercer medio era, por supuesto, más sangriento y brutal; requería de una mayor dosis de serenidad pero tenía a su favor la posibilidad de un nuevo intento si la primera bala fallaba. Además, fingir un robo como pretexto para los disparos, era un juego de niños.
Disponía del arma apropiada, lista para ser usada que, antes del fallecimiento de su tío, había encontrado en el desván cuidadosamente envuelta en un lienzo aceitado, junto con dos cajas de munición.
¡El vetusto Colt 45, traído por Baltasar desde tan lejos, estaba a punto de servir como pasaporte para uno de sus sobrinos!
La jornada anterior a la del regreso de la futura víctima, Gaspar se levantó al amanecer y, lejos de la vivienda, oculto entre los eucaliptos, efectuó varios disparos para probar el instrumento de su liberación. Funcionaba estupendamente; utilizado a corta distancia, no fallaría.
Melchor se reintegró al hogar con peor aspecto que cuando lo abandonó. Se le veía desfondado. A las insistentes preguntas de su hermano, respondió con un rosario de evasivas del estilo de: «No hay nada definitivo; el mismo tratamiento…»
Interrogado Alfonso, no pudo o no quiso decir nada concreto. Habían visitado un modernísima clínica y Melchor había sido reconocido por un equipo de médicos de gran valía que, deseando contar con los medios adecuados para emitir un diagnóstico sin posibilidad de error, utilizaron el scanner. Era cuanto sabía.
Tres fechas más tarde, se celebraba la fiesta grande de la ciudad. Desde hacía años, la casa conmemoraba la ocasión -los hermanos habían respetado la costumbre- concediendo a cuantos trabajaban para ellos una gratificación especial y permiso para ausentarse por la mañana bien temprano hasta última hora de la noche. El autobús urbano, con parada a quinientos metros, en la carretera general, realizaba el transporte.
El día de Nuestra Señora de Begoña, la patrona, al filo del mediodía, los gemelos eran los únicos habitantes de la casa. Salvo el lejano rumor de la radio que funcionaba en el salón ocupado por Melchor, reinaba un absoluto silencio que a Gaspar, atareado en su dormitorio, se le antojaba pleno de significado.
Cargado el revólver, lo introdujo entre el pantalón y la camisa, oculto bajo la chaqueta. Inmediatamente, con paso que se hacía más resuelto a medida que se acercaba a su destino, se dirigió al lugar de donde provenía la música.
El enfermo se encontraba sentado en un confortable sillón, el que ocupaba habitualmente, colocado muy próximo al amplio ventanal a través del cual contemplaba el mar con mirada ausente. Parecía estar lejos de allí.
Cuando advirtió la entrada de Gaspar, Melchor volvió la cabeza y, sin pronunciar palabra, tornó a su melancólica observación. Luego, extrañado ante el mutismo de su visitante, preguntó con una voz en la que se traslucía una inequívoca indiferencia:
«¿Qué sucede, Gaspar? ¿Quieres algo?»
La respuesta se produjo veloz y contundente, aunque sin palabras. Extrajo el arma y, a dos pasos del blanco, en rápida sucesión, disparó tres tiros.
Al ver el revolver en manos de Gaspar, su gemelo había tratado de incorporarse, pero la fuerza de los impactos lo derribaron. Antes de abandonar este mundo, pugnó por decir algo y logró pronunciar, débilmente pero con absoluta nitidez, una breve frase que se hincó como un dardo en la mente del asesino.
«Gracias hermano.»
Sobreponiéndose a la sorpresa, Gaspar empezó a poner en práctica el plan tantas veces ensayado y ejecutado con la ayuda de la imaginación.
Derribó unas sillas, arrojó al suelo los cajones del escritorio y esparció su contenido, abrió de par en par la puertecilla de la caja fuerte empotrada en la pared y oculta bajo la copia de un famoso cuadro, y se embolsó el dinero guardado en aquella.
Trabajaba con la furia de un poseso, como si la realización de aquella tarea le fuera algo infinitamente más valioso que la vida.
Luego, deseando que la escena estuviera dotada de mayor verosimilitud, descolgó de los muros un par de fotografías enmarcadas y otros tres cuadros más arrojándolo todo al suelo.
Sudaba a mares y las manos le temblaban. Creía conveniente despojar al cadáver, pero carecía del valor necesario para hacerlo.
Había concluido. Sin embargo, antes de encaminarse al teléfono para llamar a la policía diciendo que encontrándose en los establos había oído disparos y al dirigirse a su casa tropezó con su hermano muerto, se detuvo y echó una última mirada al decorado. Toda precaución era poca.
Experimentaba una sed abrasadora. Esto le recordó que las botellas de ginebra y whisky, así como los frascos de las medicinas que se hallaban sobre la mesita baja también deberían ir al suelo. No sería lógico que sólo aquello permaneciera intacto en una habitación donde, supuestamente, había tenido lugar una riña.
Entonces alguien, quizás un hado maléfico, le sugirió la idea de ofrecer un brindis por Melchor. Obedeciendo al loco impulso, se sirvió dos dedos de ginebra y, elevando el vaso en dirección a la postrada figura de su hermano, exclamó:
«¡Por ti, querido, buen viaje!»
Después, con movimiento brusco, se echó al coleto el ardiente líquido. Su desagradable sabor le obligó a colmar el vaso con agua de la jarra que hacía compañía a las botellas. Bebió afanoso y, de un manotazo, dejó limpia la mesa.
A punto de irse, entrevió un sobre grande, color marrón. Estaba dirigido al señor juez y contenía varios papeles. Uno, firmado por Melchor, contenía el ruego de que no se culpara a nadie por su muerte. En Madrid le habían diagnosticado un cáncer de hígado, por el momento, dormido. No deseaba asistir a su despertar. Bebería el agua de la jarra en la que había vertido tres frascos de digitalina. Sabía que las náuseas, trastornos cardiacos y parálisis respiratoria y cardiaca resultantes de la ingestión del veneno, serían agradables cosquillas en comparación con los atroces sufrimientos causados por el cáncer. Terminaba pidiendo perdón a su hermano por irse sin decir adiós.
El texto de los papeles restantes pareció adquirir vida propia ante los ojos de Gaspar, y finalmente se difuminó por completo. Pronto no vio nada en absoluto. Lo mismo les sucede a todos los muertos.
III
El juez guardó silencio unos instantes y, como el comentario que esperaba no se producía, inquirió:
«¿No tienes nada que decir, doctor? ¿Aún no te he convencido?»
«Pues, lo lamento mucho, pero ahora, basándome precisamente en lo que acabas de contar creo, con mayor firmeza que antes, en que existe un lazo especial que une indisolublemente las existencias de los gemelos. Si no fuese así, ¿cómo se podría explicar el hecho de que Melchor y Gaspar, sin haberse puesto previamente de acuerdo, emprendieran el gran viaje el mismo día, casi a la misma hora? ¿A qué obedece la entrada en escena de la cuarta opción?»


